Formación

Expresiones clásicas: Mundo antiguo lecho de Procusto

Les invito a disfrutar de uno de los muchos aportes  que siempre comparte a través de su Facebook, el ya famoso Jero, quien como participante del prestigioso programa Saber y Ganar, hace las veces -a esta altura- de un antiguo amigo que tenemos en común. Esta vez  no hace precisamente referencia a palabras raras del idioma español, sino que incursiona en el origen de una conocida expresión popular.

Estamos hablando de Mundo antiguo, lecho de Procusto. ¿La has escuchado alguna vez? Es una expresión utilizada a menudo, en circunstancias en que una persona quiere ajustar – o de hecho lo hace-,  de manera forzada sus convicciones a una forma de pensar determinada.

Para descifrar el fundamento es necesario acudir a la Mitología griega. Cuenta una de las leyendas que  un hermoso bandido y posadero del Ática llamado Procusto (deformación de Procrustes, en griego antiguo Προκρούστης Prokroústês, literalmente ‘estirador’), pero conocido también como  Damastes, Polipemón y Procoptas,  tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario.

Tan  pronto uno de ellos aceptaba, Procusto lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Aquí el realto se torna crudo, pues la crónica dice que si la víctima era alta, Procusto la acostaba en una cama corta y procedía a serrar las partes de su cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza.

Lo contrario sucedía si la víctima era más baja; en ese caso le invitaba a acostarse en una cama larga, donde también la maniataba y descoyuntaba a martillazos hasta estirarla (de aquí viene su nombre).

Otras versiones aseveran que como es lógico suponer nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama, pero ello se debía a que ésta era secretamente regulable.

Pero al igual que en otras tantas leyendas, un día apareció el héroe Teseo, quien se dejó seducir y lo sedujo a su vez; pero al entrar a la choza de Procusto, lo convenció para invertir el juego: lo amordazó y ató a la cama y, allí, lo torturó para «ajustarlo», cortándole a hachazos los pies y, finalmente, la cabeza.

Matar a Procusto fue la última aventura de Teseo en su viaje desde Trecén (su aldea natal del Peloponeso) hasta Atenas.